En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
No fue una explosión de azar. Fue un acto intencional de un Dios eterno, sabio y glorioso. Todo surgió por Su voluntad, y por medio de Su Palabra viva.
Antes de que existiera la luz, la forma o el tiempo, ya estaba con Él su Hijo, su Imagen, su Verbo. Jesús, no creado sino engendrado desde la eternidad, estaba con el Padre, y era la expresión perfecta de su gloria.
No como otro dios, sino como el Hijo obediente por quien todo fue hecho. Y sin Él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Juan 1:1-3).
Cuando el texto dice que la tierra estaba desordenada y vacía, podemos ver allí una imagen del corazón humano sin dirección ni vida: sin forma, sin plenitud, en oscuridad.
Y allí, el Dios eterno, que es espíritu, se movía sobre las aguas. No era una energía lejana, sino Su misma presencia, preparando el escenario para que Su Palabra comenzara a obrar.
Entonces, Dios dijo: “Sea la luz.”
Y hubo luz.
Esta luz no era aún el sol ni una fuente natural; era el primer reflejo visible de la gloria del Creador.
No era Jesús mismo, porque Él ya estaba desde antes, eterno con el Padre. Pero esa luz sí era una sombra del esplendor que emana del Hijo: porque cuando Dios habla, es a través de Él que lo hace.
Su Palabra engendra orden, vida, y revela lo oculto.
Cada palabra que sigue, cada acto creativo de los días subsiguientes, fue ejecutado por esa misma Palabra viva.
“Produzca la tierra...”
“Haya expansión...”
“Júntense las aguas...”
Dios hablaba, y la Palabra obraba.
El Hijo, siempre unido al Padre, no solo creó, sino que sostuvo cada cosa al ser dicha. Y todo lo creado fue llamado “bueno”, porque llevaba impresa la sabiduría del que lo formó.
En el día sexto, vino el punto culminante:
Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...
Aquí se escucha un eco profundo. Ese “hagamos” revela comunión. No pluralidad de dioses, sino unidad en relación.
Es en este acto que el Hijo aparece como modelo, como imagen visible del Dios invisible.
El ser humano fue creado a imagen de Dios, pero esa imagen ya existía eternamente en el Hijo, como nos dice Colosenses 1:15.
Adán fue hecho del polvo, sí… pero en él había un diseño que apuntaba al Hombre celestial, el verdadero Hijo, que vendría no solo a crear, sino a redimir.
El primer Adán fue un símbolo.
El segundo, Jesús, es el cumplimiento.
Reflexión espiritual
Desde el principio, todo fue hecho por medio del Hijo.
Nada se escapa a su diseño, nada existe sin Él.
¿Puedes ver tu vida reflejada en esa tierra vacía y oscura?
Muchos caminamos así por años: vacíos, confusos, sin propósito…
Pero Dios no deja las cosas en desorden. Él se mueve, Él habla, y cuando lo hace, la Palabra trae luz.
La misma Palabra que dijo “sea la luz”, hoy te llama a la vida.
El mismo Hijo que creó el mundo, hoy quiere reordenar el caos de tu alma y formar en ti una nueva creación.
Llamado a la acción
Vuelve al principio.
No al inicio del mundo, sino al inicio de tu fe.
Reconoce que el Hijo ha estado desde siempre, y que toda tu historia está escondida en Él.
Abre tu corazón para que la Palabra eterna de Dios te ordene, te llene y te ilumine.
Permite que el Hijo te revele al Padre,
y que el Padre te forme a la imagen de Su Hijo.
Que cada día de tu vida sea un reflejo del orden del primer capítulo:
Luz que vence la oscuridad, tierra que produce fruto, y un corazón que obedece a la voz que crea.
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