Sigamos ahora con Génesis 35, un capítulo de retorno, restauración y renovación. Después del caos en Siquem, Dios habla. Y cuando Dios habla, las cosas cambian. Aquí, el Padre eterno vuelve a aparecer con claridad, y el Hijo, su imagen visible, se percibe como el centro de ese llamado a volver a lo que es santo, puro y verdadero.
“Levántate, sube a Bet-el y quédate allí, y haz allí un altar al Dios que se te apareció”, dice Dios a Jacob.
La voz del Altísimo irrumpe después del pecado, después de la violencia, después del silencio. Jacob ha vivido en tierra extraña, ha permitido dioses ajenos en su casa, y ha tolerado el desorden. Pero ahora Dios lo llama a volver al lugar donde todo comenzó: a Bet-el, donde le prometió ser su Dios.
Jacob responde con un acto de limpieza: ordena a su familia abandonar los ídolos, purificarse y cambiar sus vestidos. Luego levanta un altar al Dios que le respondió en el día de su angustia, y que ha estado con él en todos sus caminos.
Y Dios se le aparece nuevamente. Le reafirma su nombre: ya no será Jacob, sino Israel. Y le repite la promesa dada a Abraham e Isaac: una nación, reyes, y una tierra. Luego, Jacob levanta una señal, vierte aceite sobre ella y llama ese lugar El-Bet-el, el Dios de la casa de Dios.
Más adelante, Raquel da a luz a Benjamín, pero muere en el parto. Jacob lo llama así: “hijo de mi mano derecha”, reflejando su dolor pero también su esperanza. Finalmente, Isaac muere… y es sepultado por sus hijos.
Dios es fiel. Él no olvida su pacto, incluso cuando nosotros sí. Pero el camino de regreso siempre está abierto, porque Jesús lo hizo posible con su sangre y su amor. Génesis 35 es una invitación a restaurar el altar, volver al primer amor, y ver cómo desde ese lugar Dios reescribe la historia.
Jesús en el capítulo
Aquí vemos una poderosa sombra del Hijo: el llamado a volver a Bet-el es, en esencia, el llamado a volver a la presencia de Dios, y solo hay un camino para hacerlo: la comunión con el Hijo, quien es la imagen misma del Dios invisible y la única puerta a Su presencia.
El mandato de dejar ídolos, purificarse y cambiarse de ropa refleja el proceso que todos vivimos cuando venimos a Jesús: renunciamos al viejo hombre, somos lavados por su sangre, y revestidos de su justicia.
Además, cuando Jacob erige un altar y derrama aceite sobre él, vemos un símbolo profundo: el aceite en la Escritura siempre apunta a la unción, y Jesús es el Ungido, el Mesías, aquel sobre quien el Padre derramó su plenitud. Ese altar es como una antesala del encuentro eterno con el Hijo, donde la adoración se levanta no con sacrificios vacíos, sino con corazones transformados.
Y Benjamín, el hijo nacido en medio del dolor, es llamado “el hijo de mi mano derecha”. Qué sombra tan hermosa: Jesús también fue el Hijo nacido en medio del quebranto del mundo, y fue exaltado a la diestra del Padre, el lugar de honor, poder y comunión.
Reflexión espiritual
Dios nos llama a volver. No solo a un lugar físico, sino a un lugar espiritual donde todo comenzó: la intimidad con Él. En medio de nuestro desorden, de las decisiones equivocadas, y aún del pecado que hemos permitido, su voz resuena con ternura pero con firmeza: “Sube a Bet-el”.
No podemos subir cargando ídolos. No podemos acercarnos a Él con ropas manchadas por la carne. Pero Jesús nos ha abierto el camino para volver, para ser lavados, purificados, renovados.
Y cuando volvemos, Dios habla. Nos reafirma nuestra identidad. Nos recuerda sus promesas. Nos hace levantar altares que marcan momentos eternos.
Llamado a la acción
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¿Tienes ídolos escondidos en tu vida? No solo figuras, sino actitudes, afectos, pensamientos que han reemplazado a Dios. Hoy, el Padre te llama a limpiar tu casa.
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¿Has perdido el rumbo, o te has estancado en tierra de confusión? Vuelve a Bet-el. Vuelve al altar donde una vez le dijiste “sí” a Dios.
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¿Sientes que Dios está en silencio? Vuelve, porque cuando obedeces, Él se vuelve a revelar.
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Y cuando su presencia vuelva a ser el centro de tu vida, como Jacob, derrama tu aceite. Adora. Reconoce al Ungido. Mira al Hijo en quien habita toda la plenitud del Padre.
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